jueves, 8 de diciembre de 2016

Aliens y siglo XXI - Día 3

Tengo en mente algunos temas, por ejemplo hace rato hablaba de los tenis con un amigo, le decía que la mejor manera de prejuzgar a alguien es por los tenis, siempre podría hablar de porno, pero eso implicaría especialmente lucirme y hoy no me siento tan lúcido. Tenía otro par de temas en mente, pero creo que debo aprovechar lo de los tenis.

A él (mi amigo) lo conocí en una escuela y el primer día de clases vi que traía unos tenis nike cosidos. Se veía que habían sido tenis medianamente caros, semiespecializados, ligeros y resistentes listos para un just do it en la montaña porque nos acababa de decir que hacía video con especialidad en aventura. En este texto no quisiera referirme a los prejuicios como algo malo y determinante, sino como a un sano acto de esparcimiento entre amigos, reales o imaginarios. Yo pensaba que mi amigo era muy pobre y que en lugar de comprarse otros tenis, se ahorraba el dinero para comprar frijoles la sierra o chiles en vinagre la costeña. Ya luego me enteré que estudiaba en el tec de monterrey y decidí que usaba sus tenis rotos como demostrando que no tenía nada qué demostrar a nadie; haciendo gala del lujo más caro de todos: la seguridad.

Leí hace algún tiempo que García Márquez había escrito cien años de soledad usando exclusivamente recuerdos de su infancia. Yo también creo que recordar es lo máximo y recordar la infancia lo es aún más. Hubo un  tiempo en el que lo que cubriera mis pies no me importaba, sólo a mi mamá. Creo que hasta los cinco o seis años uno comienza a tomar conciencia de verse bien, incluyendo el tema del calzado. Porque una cosa es que te chuleen las amigas de tu mamá y tus tías y otra es que tus amigos de la primaria te respeten.

Zapatos de charol, el mustang de los zapatos escolares de principios de los noventa. Ahí empezó mi frustración. Mi papá me llevaba a comprar zapatos a la zapatería Canadá. Siempre me compraba los que él quería, de piel y que tuvieran suela de hule. Además de que a esa edad a uno le crece el pie demasiado rápido, eran pocas las actividades interesantes que no incluían andar gateando por todos los suelos, recuerdo incluso dibujar muy a menudo tirado como tapete. Por esas dos razones, íbamos a la zapatería seguido "cuiden los zapatos, valoren lo que tienen, yo siempre usaba huaraches, ya hubiera querido yo, blablabla" nos decía nuestro papá. Para mi padre, bolear zapatos siempre ha sido un ritual importante y eso nos enseñó: a andar siempre brillantes. Pero una cosa es el brillo causado por una buena voleada y otra es el brillo del charol, el brillo del charol encandila, te podías revisar el peinado en el reflejo, podías poner el zapato debajo de la falda de... todavía sigo en segundo de primaria, eso no es válido. Salir con exactamente el calzado que uno quiere puesto en los pies por primera vez es algo memorable, es una auténtica conquista lograda a base de berrinches y sobornos emocionales a nuestros padres. Aliens by Canada fue mi primer conquista. Siempre he tenido un resentimiento con mi generación por mamar Star Wars. La Guerra de las Galaxias representó un mind blow para quienes vivieron su estreno en los setentas. Eso dicen, pero para los que nacimos en los ochentas no. Nosotros crecimos en medio de la escalada de inovación en efectos especiales. La película punta de lanza para la edad que yo tenía en los noventas fue Men in Black, ver al principe del rap en un auto que podía andar por los costados de un tunel, luchando contra las cucarachas invasoras con las mejores armas que jamás hayan sido diseñadas por la ciencia ficción fue mi mind blow personal. Y la zapatería Canada no desaprovechó el momento para lanzar sus tenis con un aliencito que brillaba en la obscuridad. Años después, vino la conquista de una marca que pirateaba descaradamente a DC llamada Domba, pero al parecer nadie en el infonavit donde yo vivía sabía que eran una mala copia. Pero eran cómodos. Otra de las aportaciones de la moda skate, fue la gran oportunidad de bajarse el pantalón a medias nalgas. Qué fácil se escandalizaban los adultos en esos días. Bajarse los pantalones a medias nalgas en la secundaría implicaba también ser parte de un nuevo mundo: el mundo de los boxers: es decir, no podías traer el pantalón a medias nalgas si tenías una truza. Los boxers te legitimaban como un macho cuyos genes eran codiciados por las morritas sin saber qué les estaba pasando, eran feromonas hechas ropa. Mejor termino esta entrada antes de terminar hablando de geles fijadores de cabello extremos y otras maravillas de la clase media baja a principios del nuevo milenio. En esos días todo se llamaba siglo XXI.

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