Antes de brincar la cuerda fui a llevar a mi mamá a su Iglesia, después llevé una colcha seminueva que le regalé porque ya no tengo cama matrimonial a la lavandería y luego fuí a una tienda de agroquímicos por un par de polvos y líquidos que voy a aplicar mañana en la huerta con la bomba de motor. Hay tres empleados habituales en Agroquímicos de Michoacán S.A. de C.V. Uno es el típico imbécil que odia su trabajo y cree que debería estar en otro lugar triunfando en lugar de desperdiciar su tiempo dándole productos a la gente común corriente (así he sido yo, cuando he sido empleado), una chica que notablemente tiene mejor actitud (resignación) y que es la que le pica a la computadora para darte los precios y hacerte la factura en caso de que la necesites, y finalmente Thalía, la única cuyo nombre conozco. Lo conozco porque cuando yo tenía nueve años y ella ocho, compartíamos transporte para ir a la primaría. La chofer de la van, a la que nosotros decíamos combi, se llamaba Laura. Recuerdo que una vez la hicimos llorar. Yo era un niño cachetón que se sentía orgulloso cuando el grupo con el que estaba hacía llorar a un adulto. Yo nunca hice llorar a alguno que no fuera mi mamá, pero me sentía un campeón cuando mis amigos lo hacían. Talía, no sé por qué lo escribí con ache, sí; ella sí era de esos niños con lengua puntiaguda, me daba un poco de miedo pero me gustaba poquito, tenía la nariz finita. Su hermana mayor también viajaba en la combi, creo que se llama Tania y ella fue la primer marimacha que conocí (así les decíamos, no conocía otra manera de llamarle). Me acabo de dar cuenta de que Tania y Talía comparten cuatro de cinco letras. Hay padres tan frustrados creativamente que hasta el acta de nacimiento de sus hijos les sirve de lienzo. Tengo un amigo que le quería poner a su hijo Chocolate. Según yo, yo fui quien lo hizo desistir. De todos modos un día llego decidido a ponerle Urepan Jazand, no sé si lo mio fui un triunfo o un fracaso, después de todo Chocolate no estaba tan mal. Mi hermano menor, Daniel, también viajaba en la combi. Él también tenía y tiene una lengua con un ingenio brillante y afilado. Supongo que fueron ellos dos quienes la hicieron llorar y también Gustavo, uno más grande que era amigo de Daniel. Gustavo tenía una hermana (todos viajábamos en familia) llamada Lucía, recuerdo que era bonita pero gordita, no mucho, sólo llenita (regordeta, como dirían los educados). Ella dijo una vez que mi papá estaba guapo. Me gustó saber que mi papá era guapo, creo que fue la primera vez que lo noté. No sé si sea que era guapo o que, por su trabajo, se vestía demasiado formal; muy diferente al resto de los padres del Infonavit donde crecí. También a la maestra de biología en la secundaria la hicimos llorar, la hicieron llorar ellos. Debe ser horrible que te hagan llorar unos niños. Hace cinco o seis años, cuando estaba en la universidad fue a tocar a mi casa mi vecina Lili, tenía el rímel corrido y me preguntó si me podía dar un abrazo. Lili es de las personas más nacas que he conocido y parecía que siempre buscaba al mismo tipo de hombre: alto, gordo, con chaleco de mirrey, pero sobretodo que la tratara mal y la hiciera sentir basura. Digo esto porque Lili era maestra. Una vez le pregunté si le gustaba su trabajo y puso una cara como si uno de sus novios se le acabara de venir en la cara. Pobre Lili, pero pobres de los niños. Espero que la hayan hecho llorar mucho.
Cambié de párrafo porque debo seguir escribiendo pero esa idea ya quedó bien. Me quedan sólo cinco minutos. Puedo despedirme recuperando un poco la idea de Talía. Talía ya no es bonita, ni yo (siempre creí que fui un niño bonito). Me pregunto si me habrá reconocido, casi nadie me reconoce, por gordo y por barbón. ¿Qué hubiera pensado de mí? ¿Le habré causado la misma tristeza que ella a mí? Me la imagino toda endeudada con Coppel. Mi fantasía favorita para sentirme superior a los demás es imaginar que a todos los visita un cobrador en una moto amarilla todas las noches porque ya se retrasaron con la letra de la plancha que ya hasta rompieron. La plancha con la que le quitaban las arrugas a sus uniformes con los que deben disfrazarme para atenderme. Ahora deben pedir prestada una plancha. Talía nunca me han atendido a mí. Siempre me atienden los otros dos. Me pregunto si algún día me reconocerá.
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